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Hijo mío, si yo pudiera tener poderes para hacer que nada te doliera.

Tener la dicha de ser padres es la mayor bendición del universo para la humanidad, formar una familia nos brinda alegrías inimaginables a través de los hijos y verlos crecer, con el paso del tiempo nos llena de alegría y satisfacción.
Si yo pudiera, hijo mío, tener poderes para hacer que nada te doliera, lucharía contra tus miedos y tus pesadillas, alumbrando con mi amor cada rincón de tu vida, velaría por tus sueños para que solo tengas que sonreír y disfrutar de tu arcoíris, tus juegos en los que vas a la luna y conoces nuevos y maravillosos amigos con los que puedas jugar.

Muchas veces nuestros hijos se ven envueltos en temores que los paralizan, lloran y sus lágrimas nos parten el corazón porque deseamos que nada les haga sentir pesar y es cuando debemos estar atentos, dedicarles tiempo y mucho amor para que puedan superar con nuestro apoyo cualquier situación que les haga sentir pesar o miedo.

Mostrarles el mundo y la belleza que en el que habita es una de nuestras responsabilidades; hacerle saber que existen cosas hermosas y buenas por las que vale la pena existir.

Todos queremos que nuestros pequeños cuenten con lo que necesitan, que nada les falte en la vida, por lo que siempre vivimos presos de la angustia de saberles bien, a gusto, satisfechos y con el ánimo que caracteriza su infancia para andar por la vida de nuestra mano amorosa.

Escuchar al corazón y seguir el poder del instinto paterno
Si yo pudiera, hijo mío, tener poderes para que nada te doliera, con un abrazo enorme calmaría todo tu malestar. Si al correr alegre por el parque te tropiezas y caes, con un beso y una canción que te llegue al corazón sanaría tus heridas, te daría la fuerza que necesitas para levantarte y seguir iluminando el mundo con tus ojos llenos de inocencia.

A pesar de que a veces no sepamos qué hacer, nuestro instinto nos señala el camino para tomar las mejores decisiones, el amor nos ayuda a encontrar las palabras correctas para guiarlos por el camino de la vida y hacerlos personas de bien. Es un camino que puede tornarse escabroso para nosotros, pues sentimos ese deseo intenso de hacer todo lo humanamente posible para alejarlos de los peligros que existen afuera, los moretones, las caídas, incluso esos resfriados que tanto pueden aquejarles; acogiéndolos bajo nuestros brazos y no soltarlos jamás para que nada les afecte.

Los poder del trabajo en equipo
Sabemos que nuestros pequeños deben cometer sus propios errores al explorar la vida y con ellos vienen las consecuencias que en ocasiones pueden ser dolorosas, tristes. Y es que no existe otra forma para que puedan crecer y forjar su personalidad, fortalecer su corazón y su espíritu, pero con nuestra presencia y comprensión se sentirán protegidos, valorados, amados y comprendidos.

Como padres tenemos justo lo que nuestros hijos necesitan, trabajando como un equipo que guíe a nuestros niños brindándole el cobijo, la ternura y dulzura de la madre y la protección, la seguridad y la fortaleza del padre; ambos tienen poderes inimaginables para que su hijo se sienta plenamente feliz y muy amado. Y es que todos los pequeños del mundo se merecen el afecto incondicional de sus padres, un sentimiento que los hace sentir bien, que también les da fuerzas y una visión optimista y grandiosa de la vida.

Si yo pudiera, hijo mío, tener poderes para que nada te doliera, entregaría mi corazón y volaría para vencer todas tus pesadillas, secaría tus lágrimas y curaría cada dolor con mi cariño y mis besos llenos de amor. Somos padres, y somos héroes a los ojos de nuestros hijos.

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